Apr 4, 2017

Cuando un amigo se va: Adiós, Sergio González Rodríguez

Cuando un amigo se va: Adiós, Sergio González Rodríguez

Sergio Gonzalez Rodriguez en Venecia, Italia. (Foto

de Digie Zone Network.)

Fue muy apropiado que el Presidente Enrique Peña Nieto haya reconocido a un hombre Mexicano le letras de la talla de Sergio González Rodríguez, quien falleció el 3 de abril de 2017, debido a causas naturales.

Por medio de Twitter, Peña Nieto escribió: "Mis condolencias para los familiares y amigos del escritor y periodista Sergio González Rodríguez. Descanse en paz”.

 Al fin, todo el trabajo de Sergio, sea para los medios (Reforma, La Jornada y mas), como periodista, escritor, y también como académico, fue el producto de su servicio para su tierra natal. Vivía para poder ver algún día un mejoramiento importante en su país.

¿Pero qué se puede decir de Sergio, el hombre y amigo? Estoy segura, de que, cuando un amigo se va, ya sea por la muerte o porque se muda a un lugar distante, se lleva consigo un trocito de nuestro corazón.

Me acuerdo que hubo quien deseaba que la amistad entre yo y Sergio pudiera surgir un romance. ¿Y por qué no? Sergio era un hombre con quien cualquier mujer hubiera soñado: valiente, talentoso, solidario, generoso, amable, tierno…. Pero nuestra relación tomó otro rumbo, uno de trabajar duro desde la trinchera periodística. Sospecho que Sergio y yo somos de las personas que se entregan más a su trabajo que a cualquier pareja.

Me acuerdo aquí de unos momentos que viví con Sergio. En 1999, después de ser presentados, nos juntamos para entablar una entrevista con un reo del Cereso de Juárez, Chihuahua. Se trataba de obtener datos sobre un supuesto asesino en serie. No nos dieron permiso, y saliendo de ahí me despedí de Sergio y emprendí mi regreso a El Paso, Texas. Antes de llegar al puente internacional, Sergio me llamó para avisarme que ya teníamos luz verde para hablar con el hombre de marras.

Cuando entré de nuevo al Cereso, ya me estaban esperando Sergio y el entonces Diputado Mexicano federal Carlos Camacho Alcázar, quien consiguió que nos dejaran entablar la charla con el reo. El diputado presenció la entrevista, y después de terminar, nos comentó que tenía ganas de vomitar por todo lo que había escuchado. Ahí fue el inicio de una larga amistad y colaboración que tuve con Sergio.

En otra ocasión, Sergio y yo fuimos a hablar con Alfredo Quijano, el director editorial de Norte de Ciudad Juárez, un hombre extraordinario. Le preguntamos a Alfredo si su periódico tenía alguna información sobre uno de los feminicidios de Juárez que andábamos indagando. Nos preguntó el nombre. Alfredo estaba sentado ante su escritorio que estaba limpio, pero también lo cubría un “desk pad.” 

Alfredo alzó el desk pad y sacó de ahí una hoja de papel que contenía una larga lista de nombres. Se puso a ver su lista, pasó su dedo sobre todos los nombres, y sin comentar más, respondió: “No". Sergio y yo nos reímos después de salir del periódico, especulando el porqué Alfredo tenía una lista de muertes de mujeres y lo que significaba su lista misteriosa.

En otra ocasión, después de enterarme de que Alejandro Gertz Manero, el entonces Secretario Nacional de Seguridad Pública, estaba hospedado en un hotel de El Paso, cerca del aeropuerto, decidimos Sergio, otro periodista y yo, a tratar de hablar con el funcionario. Nuestro labor principal era el periodismo de denuncia, y suponíamos, todavía ingenuamente, que si llegaba uno a la persona (ideal) o clave, se podía hacer algo para esclarecer y prevenir los asesinatos de mujeres.

Grande fue nuestra decepción cuando este funcionario nos dejó ver que lo único que le interesaba era saber cómo nos enteramos en dónde se encontraba.

A Sergio lo llegaron a golpear y amenazar en la Ciudad de México por lo que andaba investigando en Juárez. Nunca me avisó de lo ocurrido y de qué tan seria fue la advertencia. Desde entonces nos empezaron a llover las amenazas de muerte. Se me hizo raro porque suponía que uno no debe ser castigado por hacer lo correcto.

Durante una de sus estancias en la frontera, Sergio confesó que no podía dormir bien en su hotel de Juárez por la sensación de que, en cualquier momento, alguien pudiera entrar para matarlo. Decidimos que debía pernoctar en El Paso, para así, por lo menos, descansar y dormir.

Fui a tomar un café con Sergio en Bellas Artes; me llevó a un restaurante en la Zona Centro de la capital donde disfrutamos una magnífica cena. Más adelante, cuando coincidimos en una conferencia de periodistas en Italia, nos tocó pasar un rato en Venecia. Nada más teníamos unas cuantas horas, y le comenté: ‘Anímate Sergio,’ vamos en el tren y a ver la tierra de Marco Polo.

Sabiendo que teníamos el tiempo reducido, Sergio sugirió que la lancha nos llevará hasta la Plaza de San Marcos, en donde pasamos un rato agradable sin la incertidumbre de que algo nos fuera a pasar. Casi no hablábamos por teléfono y nos escribíamos muy poco por correo electrónico: estaba más que confirmado que nuestras comunicaciones estaban intervenidas. Ni modo.

También tuvimos nuestras diferencias; incluso, debatimos sobre el papel de la narco corrupción en el entorno de la situación que azotaba a México. El maldito narco, la fuente de tanto daño y dolor a la nación.

En las últimas conversaciones que entablé con Sergio, me adelantó su deseo de escribir sobre el tema de la transhumanidad. Y yo seguía con los temas eternos de "muerte y destrucción". Si Sergio estaba enfermo, no me lo comentó. Me dijo una vez que, al principio, quería ser un rockero, músico de rock and roll. Yo, en cambio, quería ser poeta y filósofa.

Pude decirle a Sergio, y es importante que estas cosas se hagan a tiempo con todos nuestros seres queridos, que él era para mí como el el personaje que describe Chabuca Granda con su canción "Fina Estampa". La canción habla de un máximo caballerismo que te llega a quitar el aliento.

Después de la ocurrida brutal muerte de la periodista chihuahuense Miroslava Breach Velducea, le comenté a una compañera del gremio que se cuidara porque cada vez somos menos. Con la muerte de Sergio, esta realización tomó un significado importante.

Pero no nos queda otra más que seguir desde nuestras trincheras, aportando nuestros esfuerzos con la idea de que algún día, tal vez en futuras generaciones, México y su pueblo saldrán adelante. Compañeros como Sergio y Miroslava dejaron un vacío que todos los demás debemos de ocupar para seguir con esos esfuerzos.

La ausencia de un amigo se siente profundamente porque se lleva con él o ella un pedazo del corazón y la alegría que rociaba nuestras vidas.

Sergio, fue un honor colaborar a tu lado. Adiós, amigo querido.

(Diana Washington Valdez, autora de “La Cosecha de Mujeres: Safari en el desierto mexicano,” es mexicana por nacimiento. Labora como presidente de The Digie Zone Network, una red de publicaciones digitales.)